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🎶🎵Vacunémonos todos en la lucha final🎵🎶 Diario de un confinado en Olavide. Ángel Alda

 ðŸŽ¶ðŸŽµVacunémonos todos en la lucha final🎵🎶

Foto del accidente en la calle Toledo. Me la envió mi amiga Vicky, vecina del barrio.


   22 de enero de 2021

   De vez en cuando en España parece que sufrimos ataques de esencialismo y recuperación de las viejas tradiciones. Y como nuestra historia es como es, nos acordamos, cuando el retorno viene en clave heroica, de Numancia, Sagunto o Baler. Y si viene en clave chunga recuperamos a Rinconete o al Lazarillo de Tormes. Creo que nos hemos aburrido del heroísmo de los duros meses del Confinamiento y conjuramos su recuerdo mediante los episodios actuales de asalto a las colas y los turnos de la vacunación. Mires donde mires, Bilbao, Murcia, Madrid o Ceuta, contemplas el divertido espectáculo del concejal, el alcalde, el director de centro residencial o el consejero convertidos en asaltajeringas. Deprimente y todo un síntoma de que a nosotros las películas de naufragios nos la sopla. Enseguida se nos olvida que el último en saltar del barco es el capitán.

   Eso por no hablar del arranque de la campaña de vacunación que nos está poniendo en evidencia. Presidentes de Comunidad Autónoma que, prudentes ellos, calculan la posibilidad de la suspensión de suministros de vacunas y retienen parte del stock que les facilita el gobierno de la nación. Alguno hay, incluso, que prefiere esperar a conocer qué reacciones sufren los afortunados que reciben el pinchazo. No vaya a ser que los estudios previos no se hayan dado cuenta de los riesgos. Ignoramos qué cosa podrían hacer si esa hipótesis resultase cierta. En esas estamos. A ritmo de prudencia calculo que para el 2026 reciban la vacuna los niños que hoy se apretujan en las nuevas atracciones del parque infantil que han instalado en la plaza de Olavide. Y eso siempre que no se cuelen muchos alcaldes y paniaguados en el orden de prelación de la campaña que ya vemos que por ahí van los tiros. Incluso alguno como el finado Albert Rivera pide que la sociedad cambie el orden tradicional del salvamento en la mar y suba a las lanchas de salvamento a los capitanes del barco primero.

   No es difícil entender que nuestros ciudadanos tengan, tengamos, lo que llaman fatiga pandémica. Yo lo llamaría de alguna forma más testicular. Vemos que los vascos tienen que abandonar las calles a las diez de la noche mientras los madrileños esperamos a las once y los de Valladolid y Burgos a las ocho. Que en Valencia las tiendas cierran a las seis y en Sevilla entre las tres y las cinco. No soy quien para poner en cuestión estas medidas. Creo en el estado federal y parece que la experiencia está contribuyendo a fortalecer, a esclarecer que decíamos antiguamente, en el ánimo de los españoles el sentido y el significado de lo Federal. O de otra cosa también muy conocida en nuestra historia como el cantonalismo.

   La verdad es que somos unos ciudadanos muy resignados. La resignación se ha convertido en la principal virtud cívica de nuestro tiempo.

   Comentaba la semana pasada sobre el asunto de las redes sociales. Sobre los riesgos de ser observados a través de ellas. Observados, manipulados y explotados comercialmente. Lo preocupante de WhatsApp no es tanto los cambios propuestos por el operador para la integración en Facebook sino todos los datos que de origen viene ya extrayendo de nuestras comunicaciones.

   Escribir correos y hablar por teléfono con seguridad y privacidad nos ha costado el trabajo de muchas generaciones de usuarios exigentes y de gobernantes comprometidos a lo largo de siglos. Tengo los años suficientes como para haber sufrido los rigores de la censura postal y telefónica. Somos posiblemente las primeras generaciones en siglos que asumimos la confidencialidad y la seguridad en nuestras comunicaciones como parte de la normalidad. Y de repente nos encontramos con herramientas que van a sustituir a esas redes históricas del correo postal y del teléfono fijo y ya no tenemos seguridad en nada. A mi se me abren las venas y no sé cuál es la solución. Puede que sea mejor que exista un tejido empresarial diversificado de empresas proveedoras de sistemas de comunicaciones digitales que se controlen unas a otras. Y por supuesto, mejor que tuviésemos gobiernos y organismos multilaterales que se ocuparan de garantizar la confidencialidad. Mientras eso llega, recemos. Bueno, hay otra solución. El anacoretismo. Conozco a unos cuantos que la practican. Dicen que son felices.

   Y ahora las despedidas. Mientras escribo, un edificio de la calle Toledo ha reventado y se ha llevado por delante la vida de cuatro personas. Alguno de ellos sacerdote residente en la comunidad parroquial que ha sufrido la tragedia y algún otro pobre peatón que circulaba por la calle. Soy un enamorado de esa esquina del barrio del mal suceso. El barrio de la Iglesia de la Paloma, último reducto de las tradiciones festivas madrileñas. Zarzueleras y verbeneras, todo lo que ustedes quieran, pero sobre todo solidarias. Barrio de transición entre el Madrid eclesiástico y cortesano que llega por la calle de San Francisco y el Madrid viejo de los mercados y los barrios bajos que fluye calle Toledo abajo hacia el Rastro y las Injurias, tan literario y popular. Esa cuña contiene el secreto del viejo Madrid mesocrático. Que pena. Pobres curas, pobres vecinos. Y bravo por los bomberos, tan devotos ellos de la Virgen de la Paloma.

   Alguna vez me asalta una vieja pasión poética. Les dejo con unos versos de última hora.

   Pensó que ya era el tiempo de conocer la primavera y se mudó a vivir en su balcón del sur.

   Y por el amor que anhelaba volvió la cabeza a la edad fuerte y lloró desalentado en los setos del desierto.

   En el balcón y en el seto su mirada encontró un libro escrito en una lengua rara.

   Tuvo que aprender un nuevo idioma con el que apropiarse de la primavera.

   Y del amor.


   POSDATA

   … Se fue el caimán...y llegó un señor que, casualmente, se parece mucho a mi padre.

   Besos a todas

   Ángel

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